No es Kepa, es la entropía

Un artículo de Mitxel Zamakois
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En los últimos 8 años, todo aquel jugador del Athletic de primer nivel que ha tenido una oferta en firme de otro club, estando ese club dispuesto a abonar su cláusula de rescisión, se ha marchado. A lo que hay que unir aquellos jugadores, también de primer nivel, que se han marchado sin renovar a la conclusión de su contrato. Nos guste o no, esta es una realidad incontestable. De certeza empírica.
 
La no negociación y remisión a la cláusula de rescisión ante el interés de clubes más poderosos por nuestros jugadores, no ha evitado que estos jugadores se marchen. Nos han dejado dinero, sí, pero han abandonado Bilbao. Y para nuestra desgracia, la lista de jugadores que han hecho las maletas en este corto espacio de tiempo es ya demasiado extensa.
 
Por tanto, tenemos un problema. Uno que se agrava cuando nos dedicamos a culpar de todas estas salidas a los jugadores. Única y exclusivamente a los jugadores. A sus agencias de representación. A sus entornos. A las malas compañías. A sus estancias en la selección. A los pájaros que chavales de 24 años tienen en sus cabezas. Si toda esta debacle es solo culpa de los jugadores, el problema nunca desaparecerá porque nos quedaremos de brazos cruzados. Sin hacer nada, sin ponerle remedio. Porque solo la asunción parcial de la culpa, nos hará trabajar en las soluciones. Y a esa asunción de parte de la culpa ni está, ni se la espera.
 
Es todo mucho más fácil que uno se limpie las manos sin mirarse al ombligo y analizar las posibles razones por las que un chaval de Ondarru, zurigorri de nacimiento, y desde los 9 años en Lezama trabajando para cumplir su sueño de jugar en el Athletic, es capaz de querer marcharse. Un tío como nosotros. De los que nunca había existido nada más allá de nuestro club. Capaz de marcharse. ¿A nadie le extraña?
 
Múltiples habrán sido los factores. En el “caso Kepa”, y en los anteriores. Pero no se equivoquen. Podemos analizar cada marcha caso por caso. Y seguro que, en muchos de ellos, el 90% de la responsabilidad está en el jugador. Pero existe, mínimo, un 10% de responsabilidad que está en nuestro tejado. En nuestro “debe”, ya que jamás podremos construir un proyecto sólido, aspirando a las cotas más altas, si cada vez que destaca uno de nuestros jugadores lo vayamos a perder.
 
Pero no parece que hayamos hecho nada. Se siguen marchando. En decisiones tomadas en menos de 24 horas como la de Laporte o Kepa. Sin ningún tipo de miramiento. Sin apenas mirar hacia atrás. Sin hacer uso para evitar tentaciones de ese sentimiento rojiblanco que los aficionados llevamos como bandera tatuada en el corazón.
 
¿Por qué? ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué se van?
 
Cada uno de ellos sabrá sus motivos. Prestigio, disputar partidos importantes, dinero y sentimiento, influyen en sus tomas de decisiones sobre su futuro. Nosotros solo les ofrecemos dos de ellos. Dinero -no siempre suficiente- y sentimiento. Pero es ese sentimiento o, mejor dicho, su ausencia, al que nos agarramos para culparles de su marcha, pero que en nosotros mismos empieza a flojear.
 
Y flojea porque nuestro modelo empieza a estar obsoleto. Y no, no hablo de nuestra filosofía que debe de ser eterna hasta el punto de que preferiría bajar a segunda o a tercera antes de romperla. Hablo de mucho más que eso. Hablo de un modelo de club que ha perdido atractivo. Sobre todo, para los profesionales del fútbol.
 
Porque el fútbol ha cambiado. Las reglas han cambiado. La sociedad ha cambiado. Los contextos han cambiado. Los jugadores han cambiado. El sentimiento de pertenencia ha cambiado. Las aspiraciones personales de los jugadores han cambiado. Y nuestra esencia, otrora principal salvavidas, está cada vez más debilitada. Porque hay que hacer mucho más que repetir que somos poseedores de esa esencia. Hay una pérdida de identidad social enorme, y eso no se soluciona solamente diciendo que somos diferentes o con dos campañas en redes sociales.
 
Se debe fortalecer esa esencia y ser coherente con ella. Se debía haber hecho hace años. Se debía haber trabajado cuando las cosas iban bien. El club estaba dejando de ser fuerte. Nos estamos quedando atrás. Nos están pillando con el píe cambiado. No evolucionamos, no nos adaptamos a los nuevos tiempos. Ya no somos atractivos.
 
Sin embargo, pedimos a los jugadores que se queden. Que no nos abandonen. Que renuncien fuera a éxitos, a cambio del orgullo de ponerse nuestra camiseta. Y a cambio de esa renuncia, le ofrecemos un modelo obsoleto. Un club que ha dejado de molar. Un club que no mola a nosotros, la afición, que hemos dejado de ir al campo. Que no mola para el resto del mundo del fútbol porque tenemos la misma audiencia de televisión que el recién ascendido Girona. No mola para los medios de comunicación. No mola para la Liga que no nos favorece y perjudica cuando puede.
 
Ni mola a la Federación, ni a los agentes. Ni mola para los Aitas de otras provincias que no traen a sus hijos a Lezama. No mola para patrocinadores globales. Ni para fans que no compran camisetas. Ni mola para la industria del futbol. Ni mola para el turismo, que no compra experiencias en San Mames. No mola para los demás clubes porque no negociamos. Ni mola al resto de clubes vascos porque les hacemos lo mismo que nos hacen. Y no mola para jugadores vascos de primer nivel, salvo si les triplicas el salario.
 
Y con este escenario, ¿queremos que los jugadores renuncien?
 
Ninguno lo ha hecho, ni ninguno lo hará mientras todo esto no cambie. Porque lo que falla es el sistema al completo. Vivimos en la entropía. Lo cual no significa que todo lo que hacemos esté mal hecho. Ni mucho menos. Pero es innegable que hemos cortocircuitado.
 
Y diréis, “este artículo no da soluciones”, y es verdad, porque lo que ahora procede es que hagamos una profunda reflexión. Sin soluciones parciales. Entre todos y todas. Lo más transversal posible. El club lo necesita.
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